La escritura es una práctica de pensamiento, un modo de articular un saber sobre nuestra práctica docente, en la que se conjugan formas del hacer, del decir y del sentir.
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La escritura expresa nuestro posicionamiento político ante nuestra tarea educativa y ante el mundo. Cada palabra, cada frase, no es una creación exclusivamente personal, sino que se articula en un tejido de voces colectivas con las que acordamos, disentimos, dialogamos, confrontamos, etc.
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La escritura supone una relación de extrañamiento con lo que hacemos, es decir, nos posibilita establecer una distancia crítica para ensayar otros ángulos de la mirada, para reposicionar los marcos desde los que miramos el mundo. Para que esa distancia despliegue su potencial crítico precisa estar poblada de otras lecturas, de experiencias ajenas, de otras escrituras, y también de una sensibilidad que sea capaz de hospedar lo que nos resulta extraño, paradójico, contradictorio, conflictivo.
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El extrañamiento es un modo de “desnaturalizar” las versiones construidas de la realidad, quitándole a los hechos ese manto de “natural” que hace perder de vista su carácter histórico y contingente. El extrañamiento habilita a pensar que ese problema, hecho o situación de la cual escribimos, no siempre fue así, no necesariamente tiene que ser así, que hay condiciones que hicieron que fuera así.
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El punto de inflexión, la transición entre la declamación y la posibilidad real de la acción reflexiva en la práctica educativa, se funda en el uso efectivo y permanente de la escritura. Como laboratorio del pensamiento, la escritura representa un paso más en la actividad intelectual que redefine la organización y estructura de las certezas que sentimos poseer y sincera la situación real de nuestro balance teórico-práctico-emocional, empujando los límites de las capas sedimentadas del saber desde las cuales pensamos y actuamos.
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La escritura también es una práctica de lectura porque implica el trazado de coordenadas corporales, afectivas e intelectuales, a partir de las cuales configuramos nuestra mirada de la realidad y componemos nuestro propio paisaje del mundo. Para ello, es preciso que se conjuguen las disposiciones de las-os protagonistas que intervienen y un patrimonio de conceptos que operen como andamiaje de los nuevos procesos.
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La escritura de un texto puede adquirir diversos formatos o estructuras, pero para las ponencias del congreso es necesario tener en cuenta:
¿Quién escribe? Supone considerar la posición en el mapa social del que formamos parte, esto es tener en claro el lugar que se ocupa y también aquel lugar que elegimos y nos autodesignamos políticamente (¿dónde está localizado mi ojo para ver?)
¿Qué se escribe? Supone el tema del cual queremos expresar nuestro pensamiento y reflexiones, formulado como hipótesis o como pregunta.
¿Para qué se escribe? Supone la intencionalidad de la escritura, que además de las funciones literarias ya consabidas (para argumentar, para afectar las sensibilidades, para informar), también es importante tener claridad sobre los motivos más específicos: escribo para alertar de una situación, para compartir un sufrimiento, para colectivizar una preocupación, para denunciar un hecho, para proponer un proyecto de acción, para socializar una experiencia concretada o en marcha, para interpelar ciertos modos de hacer, etc.
¿Para quiénes se escribe? Supone tener en cuenta al público al que va destinado el texto.
¿En qué contexto se escribe? Supone precisar las condiciones históricas y políticas, tanto materiales como subjetivas, en las que se produce la escritura (considerar las políticas educativas más generales, la cultura escolar de la institución donde trabajo, mi propio tiempo y motivación, etc.)
¿Cómo se escribe? Supone una mínima organización del texto, destacando en el inicio las ideas que se quieren presentar, argumentando desde dónde las planteo, para luego desarrollar esas ideas relacionándolas con otras, y esbozar finalmente una conclusión -siempre provisoria-.
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Nuestra escritura como maestras-os, profesores-as en el ámbito escolar, se ve circunscripta a un ornamento que acompaña la ritualización del pensamiento, a la concepción instrumental del lenguaje, a la burocratización y jerarquización de la palabra, al privilegio de la eficiencia para trazar caminos expeditos y sin ningún titubeo, a una prosa formularia desvinculada de toda marca subjetiva, a requerimientos administrativos de los registros pedagógicos convencionales (informes, boletines, diagnósticos, etc.). Estas condiciones dificultan y obstaculizan la creatividad docente en el plano simbólico; y ese enjambre de significados, relaciones y sentidos que es nuestra práctica queda sometida a un casillero, o un tilde, o a fórmulas que de tan repetidas han colapsado su poder de significar, porque no pueden capturar las complejas vicisitudes a las que nos enfrenta hoy la contemporaneidad.
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Los modos de escritura y lectura que circulan en la institución escolar, en general, poco tienen que ver con las reflexiones de las-os trabajadoras-es de la educación sobre la propia tarea que llevan adelante, por lo cual la experiencia de escribir una ponencia para el congreso implica una puesta en valor, personal y político, de esos saberes que se gestan en el día a día de la práctica educativa.
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En esta gramática de la escritura adquiere centralidad la singularidad que posee cada propuesta pedagógica, tanto las decisiones que toma cada docente, día tras día, así como las tensiones que enfrenta y que se materializan en el acto de educar.
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La escritura como texto o relato abre un lugar imaginario desde donde ordenar, organizar y desplegar otros mundos. El texto escrito refracta una subjetividad activa, capaz de iniciativa y de responsabilidad, que se anima a replicar a las escrituras dadas y se hace cargo de la nueva propuesta, en tanto la textualiza y la pone a consideración de los demás. La oportunidad de que ante el propio texto se pueda descubrir una dimensión inédita del conocimiento propio, provocará un giro en el proceso de conceptualización y categorización de la experiencia.
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Habitar la escritura no supone ser un escritor-a reconocido-a ni consagrado-a, es aceptar el juego de levantar cosas tapadas, mirar al otro lado, fisurar lo que parece liso, ofrecer grietas por donde colarse, abonar las desmesuras, desafiar los límites de lo instituido, construir otros imaginarios, horadar las ideas cristalizadas, politizar un sufrimiento, explorar los territorios de frontera, desplegar alguna pasión a punto de apagarse, batallar contra un silencio, enfocar hacia las sombras que toda luz construye, inventar otro orden de visibilidades, crear zonas de sensibilidad insospechadas, señalar matices y actos mínimos como políticas de la diferencia.
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Practicar la escritura como un modo de pensamiento, como experiencia singular y política, que es personal y pública a la vez, es abrir la posibilidad de hacerse en la práctica, cada vez, de un modo novedoso; es entregarse a un devenir que combina la responsabilidad ética y política frente a nuestra tarea docente, y el deseo que articula nuevos territorios de libertad.
Texto elaborado como aporte al XVI Congreso pedagógico de UTE “Por el derecho a la identidad. Hacia una educación emancipadora”, durante el desempeño en la Coordinación de tutorías de escrituras (Unión de Trabajadores de la Educación- setiembre del 2011- Buenos Aires)

