sábado 21 de noviembre de 2009

Una poética del desvío. Prácticas minoritarias lésbicas feministas queer


“[El] principio autocobaya como modo de producción de saber y transformación política, expulsado de las narrativas dominantes de la filosofía contemporánea, resultará decisivo en la construcción de las prácticas y los discursos del feminismo, de los movimientos de liberación de minorías sexuales, raciales y políticas. Se tratará, recogiendo la expresión de Donna Haraway, de una forma modesta, corporal, implicada y responsable, de hacer política. El que quiera ser sujeto de lo político que empiece por ser rata de su propio laboratorio”[1]
Beatriz Preciado


Fugitivas operó como un concepto-metáfora que productivizó el descarte social de la marginación socio-sexual, reconvirtiendo su sanción en una postura enunciativa y en una cita estética sobre los bordes de identidades impugnadas y sentidos acallados por la normatividad sexual.
La provocación “soy lesbiana y qué?”, pasando por Trolas del desierto hasta Potencia Tortillera , trazaron los vectores de un proceso de subjetivación política tejido en el límite y sobre los límites entre resistencia política, crítica feminista y agitación cultural.
Fugitivas fue la pulsión de acción política y experimentación estética en torno de sexualidades clasificadas por la norma heterosexual como ilegítimas, patológicas o inexistentes, sostenida en un deseo de grupalidad que combinó una voz afirmativa y reivindicativa así como una voz deconstrutiva y paródica.
Casi sin pensarlo, fugitivas se había convertido no sólo en el primer grupo de activismo lésbico feminista de la región, sino también en un dispositivo de subjetivación que activó lógicas deseantes y zonas de intenso conflicto vital para cada una de nosotras. Nuestras modalidades de existencia encuentran hoy, ya disuelto el grupo, fragmentos y residuos de esa poética del desvío que fluyó en cada instalación, texto poético, intervención visual, acción callejera, escrito teórico, elaboradas en un contexto de hostilidad social y silenciamiento político.
Quisiera destacar tres marcas que otorgaron singularidad a ese agenciamiento que fue el grupo: 1) el activismo en primera persona; 2) una praxis estético-política-teórica y 3) una micropolítica del deseo

El activismo en primera persona

No hablamos de las otras, hablamos de y por nosotras. Rechazamos la dicotomía personal/político y el establecimiento de un determinado espacio político como el único desde el que reclamar la resistencia, así como la política de representación de las tradiciones hegemónicas de la política clásica. Frente a la heteronormatividad como régimen sexo-político, la práctica de autoafirmación como lesbiana, enunciada en primera persona, tiene –todavía- un carácter revulsivo difícil de digerir en nuestra sociedad. Como sistema de regulación sexual, la heterosexualidad también es un régimen epistémico, promoviendo el silencio y la ignorancia como modos de existencia para ciertos deseos y prácticas sexuales, que los dispositivos de la ciencia convirtieron en identidades durante el siglo XIX. De este modo, se instituyeron modos normativos de usos de los cuerpos y placeres. De ahí la afirmación de que no hay una verdad del cuerpo, porque el género y la sexualidad son ficciones normativas hechas de discursos, reglas, prácticas, normas, etc. que hacen inteligibles los cuerpos en términos de la lógica binaria varón/mujer, masculino/femenino, hetero/homo.

La estrategia de nombrarse lesbiana, así como tortillera, reapropiándonos críticamente de la injuria, se revela como un acto potente y disruptivo. Esta estrategia hiperidentitaria visibiliza una identidad sexual históricamente arrinconada en el espacio de la abyección o el silenciamiento compulsivo. Y por el momento, mientras siga vigente el pacto o contrato heterosexual, es una eficaz manera de combatir la presunción heterosexual. Declararse lesbiana en la escuela, en la calle, en la familia, en la academia, en el sindicato, en la organización social, en la verdulería, continúa siendo un momento de alta conflictividad política, con un costo enorme de energía personal y una deriva de vulnerabilidad frente a la violencia heterosexista.
Sin embargo, los aportes de los feminismos postestructuralistas y de la deconstrucción, de la teoría queer así como de los saberes trans e intersex, nos alertan acerca de los límites y exclusiones que conlleva toda política identitaria. La desustancialización del sujeto político del feminismo, abriéndose a otras corporalidades y la des-anatomización de las identidades políticas, ha dado lugar a una práctica postidentitaria como construcción de una pertenencia que no es una asignación a una identidad sino el compromiso en un “devenir” (Lazzarato, 2005; 193)
Lo que se pone de manifiesto desde una posición queer es la necesidad de evaluar la política de la identidad como restrictiva, bajo la interrogación permanente de ¿a qué sistemas de representación de mí misma estoy apelando cuando me nombro? ¿Qué mecanismos de inteligibilidad estoy poniendo en marcha cuando asumo una identidad?

Se hace necesario, en este sentido, cuestionar las asignaciones identitarias para no quedar atrapadas en una identidad o ser rehenes de una categoría que así como en algún momento abrió las puertas de una nueva subjetivación política, puede encapsular nuevamente
Esto supone moverse en las contradicciones y conflictos que implica habitar simultáneamente la deconstrucción y la hiperidentidad contingente como modo de abrir y hacer proliferar espacios de posibilidad, lo que implica nombrarse para, luego, desnombrarse, como modo de estar en fuga constante del ser nominadas, identificadas, controladas por el sistema.
Orgullosamente desinvestidas del interés mayoritario, aquel que no designa una cantidad mayor, sino antes que nada un patrón normativo, nos arriesgamos a un “devenir minoritario” que consiste justamente en sustraerse a las asignaciones del poder, porque para nosotras no se trata de decir “tenemos derecho a esto porque somos aquello”, sino “tenemos derecho a esto para devenir otra cosa” (Lazzarato, 2005; 189).

Una praxis estético-política-teórica

Las intervenciones en la escena pública, a través de manifestaciones y expresiones artísticas, portaban un bagaje de entrelíneas de los legados de las teorías feministas, estudios lésbicos, gays y queer así como de nuestras iconoclastas re-apropiaciones. Entendimos el activismo como compromiso y sustracción, porque tal como decía Foucault, la resistencia no es únicamente una negación, sino que es un proceso de creación.
Así, el activismo se fue delineando como un compromiso en la lucha contra la injusticia, pero como sustracción de la cadena de hábitos e imitaciones ambientes que codifican el espacio de la acción política, asumiendo los atributos de la invención y la experimentación. Por eso, la activista no es la que detenta la inteligencia del movimiento, que condensa sus fuerzas, que anticipa sus elecciones, sino es quien “introduce una discontinuidad en lo que existe. “El militante hace bifurcar el sentido de las palabras, de los deseos y de las imágenes para ponerlos al servicio de la potencia de agenciamiento de la multiplicidad, reúne situaciones singulares sin ubicarlas en un punto de vista superior y totalizante” (Lazzarato, 2005; 205).

La heterosexualidad como régimen semiótico produce cuerpos, textos e imágenes. En esa comprensión cobra vigencia nuestra tarea de intervención en la narrativa visual de la dominación heteropatriarcal a través de inquietudes estéticas.
Desde el archivo de fugitivas, podemos rememorar algunas de esas creaciones, como la instalación “Heridas”, que consistía en una escultura de telgopor de una mujer, en tamaño natural, con espaditas de copetín clavadas, que portaban frases misóginas. Ubicada en el centro de la ciudad de Neuquén, la gente tenía que ir sacando las espaditas como forma de intervención activa, promoviendo la reflexión sobre las frases naturalizadas de violencia sexista y heterosexista.
“Las ESCOBAtientes” fue otra instalación que transformaba la escoba, un objeto feminizado en un sentido opresivo, en un arma de la batalla cotidiana contra la violencia. La puesta consistió en 12 escobas intervenidas, con una punta de lanza en un extremo del cabo en cada una de ellas, amarradas a los árboles de una plazoleta, con imágenes acerca de los diferentes tipos de violencia de género.
“Lo vivís o lo tapás” fue una intervención realizada con tapitas de gaseosas, pintadas de color violeta, y con stickers que portaba la frase: “Lo vivís…” en el exterior de la tapa, y en el interior: “o lo tapás”. Se entregaron en la primera celebración del día del orgullo LGTTB en Neuquén.
El afiche “AXN lésbica 1.0 – kit autoinstalable para boicotear el régimen político de la heterosexualidad”, fue una producción visual que transformó la caja de herramientas convencional en un set de lucha de la disidencia sexual. Parodiando en el título el nombre de un canal de televisión que emite películas de acción, queríamos crear una nueva ficción lésbica del activismo, disponible para cualquiera que estuviera dispuesta a abrir esa caja de herramientas. El afiche supuso, además, visibilizar las diferentes estéticas lesbianas. Esta producción se presentó en el I Encuentro Nacional de mujeres lesbianas y bisexuales realizado en Rosario, en el 2008.
También podemos mencionar algunos volantes de tono paródico como la “Campaña PRP: por la portación responsable de pito” o la “Campaña por una sexualidad responsable: la heterosexualidad es perjudicial para la salud”.
“la (h)onda lesbiana” fue una perfomance, minúscula y muy poco efectiva pero muy divertida para nosotras, que realizamos en la Marcha del Orgullo 2008 en Bs As. Con la remera de potencia tortillera, más unos bigotes pintados, cada una de nosotras portaba un cinturón con pelotitas de telgopor escritas con frases como: “la heterosexualidad no es destino”, “mi cuerpo es mi política”, “soy lesbiana y trabajadora precarizada”, “soy tortillera y villera”, “basta de agresión a travestis y trans”, entre otras, junto con una gomera. Las pelotitas fueron lanzadas durante la marcha, frente a la Catedral y al Congreso de la Nación (lugares custodiados, detrás de las vallas, por agentes policiales que atinaron como primera reacción a esquivarlas hasta que se dieron cuenta que las pelotitas eran inofensivas). Cuestionamiento de la mercantilización de la disidencia sexual a través del ícono piquetero como la gomera y cuestionamiento a la esencialización de la identidad a través de la figura drag, fueron los sentidos que alentaron esta acción performática.
El “Muestrario de autodefensa para niñas”, implicó la intervención de los códigos visuales y semióticos de la tecnología del género, aquella que mediante su dispositivo de feminización provoca la subordinación corporal. Hecho con fragmentos de personajes de la cultura popular como la mujer maravilla, patito feo o cumbio, mediante un tráfico de signos de la feminidad y la masculinidad, compusimos un collage con consignas sobre la autodefensa como empoderamiento para las niñas. En este sentido, tratamos de tener en cuenta en la composición visual la cuestión de la identidad sexual, la raza y la nacionalidad, como elementos que juegan a expandir las posibilidades de vulnerabilidad. Así, la autodefensa fue reformulada como un intento por desbaratar la economía de los estereotipos genéricos.
Y no queremos dejar de mencionar algunos graffitis de las trolas del desierto, que lesbianizaron un poco las paredes de la ciudad, como “Autogestione su placer, tóquese sin miedo”, “soy la lesbiana con la que dormiste anoche y hoy no saludás” y “No a la hegemonía del pan dulce, en esta navidad elija una torta”.

Desde un visceral rechazo a la uniformidad del sentido, la proliferación diseminada de creaciones buscaba producir un cortocircuito en la linealidad y aplanamiento de los significados establecidos por el uso asignado a un objeto, una práctica o una relación particular. Las intervenciones intentaban dislocar los repertorios de la acción política, creando zonas pasajeras desde la cual hacer vibrar la polisemia interpretativa, produciendo interferencias perturbadoras en el orden de las convenciones referenciales tanto del activismo político como del feminismo militante, llegando incluso a violentar las expectativas de recepción del público feminista.
Formas de descentramiento que nutrían un ambiente de antidisciplina con tonalidad propia, gestado en microdiferencias, espacios minúsculos, ardides cotidianos, para darles un estado de inteligibilidad a deseos silenciados, acallados y violentados. Los montajes de sentido mediante asociaciones, disociaciones, combinaciones, permutas, contrabandos, pretendían desorganizar las tramas de las categorías y representaciones del poder simbólico heterosexual.

Una micropolítica del deseo

La cuestión micropolítica es la de cómo reproducimos (o no) los modos de subjetivación dominantes, cómo participamos o no de la poderosa fábrica de subjetividad serializada, cuyo principio es la estandarización del deseo. De este modo, comprendemos la experiencia de fugitivas como dispositivo de subjetivación, porque no sólo estaba en juego la visibilidad lésbica y la denuncia de la norma heterosexual como ley reguladora de los cuerpos, sino también la posibilidad de construir otros modos de sensibilidad, de relación, de creatividad, que adviniera en un proceso de singularización existencial.
La micropolítica es un descentramiento del Estado, y su relieve se conforma con los instantes de pequeños desvíos, de cada tentativa de insumisión a un control, que alteran las secuencias de la cadena de montaje del deseo.
Por eso, la lucha contra cualquier tipo de normalización no se restringe al plano de la economía política, sino que comprende también, y fundamentalmente, el de la economía subjetiva. Esto significa colocar la micropolítica en todas partes, en nuestras relaciones estereotipadas de la vida personal, de la vida amorosa, erótica y sexual, y de la vida laboral, en las cuales todo es guiado por los códigos de la subjetividad heterocapitalística patriarcal.

Final

El desvío fue un modo de pensamiento y acción política fugitiva. Partidarias de la explosión del deseo, la anarquía de formas y conceptos por inventar, las energías sueltas que no se amarran a la instrumentalidad de un programa, tratamos de llenar las narraciones hegemónicas de subrelatos contradictorios para activar la sospecha en torno del monólogo heterosexual, cuyo formato reglamentario de una significación única impone su jerarquía a costa de los silenciamientos y las tachaduras de la diferencia.
Sin embargo, los discursos contestatarios también poseen sus ortodoxias de lenguaje, a través de una herencia y un patrimonio de convenciones, que desenfadada pero amorosamente es preciso fisurar con palabras hostiles a las consignas convencionales que disciplinan el sentido.
Calificadas por el rumor como: “violentas” por autonombrarnos con un insulto, “rebuscadas” por explorar con otros lenguajes, “inentendibles” por opacar o sutilizar la transparencia de la consigna, “inservibles” porque no hicimos de la norma jurídica nuestro centro de acción, “renegadas” por nuestra anti-institucionalidad, “insignificantes” porque no perseguimos el monumentalismo ni la masividad en la acción, insistimos compulsivamente en la torsión crítica de la linealidad de una lengua segura de sí misma, porque las metáforas del arte siempre nos hablan de excedencia y desmesura, recargando el contenido práctico del mensaje que regula el intercambio social. Frente al lenguaje canonizado y aceptado que no duda de sí mismo, la ironía –una práctica recurrente del accionar fugitivo- destruye las certezas de una subjetividad clausurada, demasiado compacta y solidificada, y se convierte en un dispositivo de desacralización. Por eso, la autoironía es un movimiento de revocación de la identidad y una apuesta a una subjetividad descentrada, que tensa todo intento de fijación y unilateralidad.
La política tiende a protegerse de la ambigüedad de los signos y especialmente en este tiempo se gesta en la espectacularización, llena de visibilidad y de figuración numérica, en la que el simbolismo complaciente de lo mayoritario borra los matices del pliegue crítico.
La gestualidad insurgente, por el contrario, opera desde la dispersión y la aniquilación de la unidad. Producir una diferencia como ruptura crítica de la uniformidad, convertir las diferencias en interferencias y la disidencia en una práctica crítica de la hegemonía de los grandes pactos simbólicos y discursivos, como es la heterosexualidad, significa desarrollar una fuerza de descentramiento y extrañamiento político-culturales.

Generar un imaginario tránsfuga, capaz de idear, por ejemplo, una expo a favor del derecho al aborto, que localice esta práctica en el tejido de la vida cotidiana, denunciando el negocio que es para la corporación médica y la consecuente criminalización de las mujeres, en la que se muestren objetos comunes en una relación de comparación con esta práctica. Cuánto cuesta una bicicleta nueva y cuánto un aborto quirúrgico, cuántos subsidios se necesitan para comprar el misoprostol para un aborto con medicamentos, cómo influye en el valor de la canasta familiar la realización de un aborto en condiciones seguras, cuánto tiempo se tarda en rezar un rosario completo y cuánto tiempo lleva la práctica de un aborto quirúrgico.
Destrozar verdades enteras y multiplicar los trozos, diseminar lecturas y confrontar interpretaciones que desestabilicen el supuesto de la armonía heterosexual, hacen del lenguaje y del cuerpo una zona de intensos disturbios.

[1] Beatriz Preciado, “ Testo yonqui” (2008) , pág. 248.

Bibliografía
Grupo de trabajo Queer (ed) (2005) El eje del mal es heterosexual. Figuraciones, movimientos y prácticas feministas queer. Traficantes de sueños. Madrid.
Guattari, Félix y Rolnik, Suely (2006) Micropolítica. Cartografías del deseo. Traficantes de sueños, Madrid.
Haraway, Donna J. (1995) Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Ediciones Cátedra, Madrid.
Lazzarato, Mauricio (2006) Políticas del acontecimiento. Tinta Limón, Buenos Aires.
Lazzarato, Mauricio (2006) Por una política menor. Acontecimiento y política en las sociedades de control. Traficantes de Sueños, Madrid.
Preciado, Beatriz (2003) Multitudes queer. Notas para una política de los "anormales". En
Revista Multitudes. Nº 12. París, 2003.
http://multitudes.samizdat.net/rubrique.php3?id_rubrique=141
Richard, Nelly (2000) La insubordinación de los signos. Cuarto propio, Chile.
Richard, Nelly (2007) Fracturas de la memoria. Arte y pensamiento crítico. Siglo Veintiuno Editores Argentina, Buenos Aires


Texto presentado en la mesa "Comunicaciòn y gènero" de las Jornadas Nacionales de Estudiantes de Comunicación Demoliendo Teles IV - “Comunicación, política, subjetividad y poder” -15, 16 y 17 de Octubre de 2009 - Facultad de Derecho y Ciencias Sociales - Universidad Nacional del Comahue.

sábado 14 de noviembre de 2009

...

¿cómo saciar el apetito de un fuego
que abrasa un cuerpo herido de silencio?

2009

martes 10 de noviembre de 2009

El corregidor

Vino a enmendar el error. Con golpes en la puerta de la escuela, exigió entrar para desplegar su oficio de padre macho heterosexual. La sintaxis del miedo ordenó los cuerpos de las porteras y maestras presentes. La esposa del corregidor me lo advirtió por teléfono: “Ahora va a ir mi esposo y ahí lo va a conocer”. Porque al corregidor se lo conoce por la eficacia de sus métodos. La niña llora detrás de una columna, mientras él exclama: “Cuando le pegue una piña vamos ver si es un hombre o una mujer”. No hay investidura que reconozca, porque la Dirección la encarna una mujer. Para el corregidor no hay autoridad en mujer alguna. Esa es la tarea que hoy lo convoca. “Quiero hablar con esa que no se sabe qué es” repite ruidosamente, al tiempo que redobla sus esfuerzos: “La voy a esperar afuera, la voy a ir a buscar a su casa”.
Salgo del aula y la visión del pasillo se estrecha en un túnel que se remata en una guerra declarada. El corregidor no tolera a la maestra que, desvergonzada de prejuicios misóginos, declara abiertamente que es lesbiana. El corregidor no tolera a la maestra que, desobedeciendo las coacciones del mandato de la feminidad, descaradamente se asume masculina. El corregidor no tolera a la maestra que, sin recato a la autoridad patriarcal, lo convoca a dialogar sobre el despliegue de estrategias de violencia simbólica que pone en acción su propia hija, fiel heredera del método paterno. Un vocerío exultante exhibe el poder del padre, que con prepotencia sacude por el hombro a la niña para zambullirla dentro del campo de batalla en que se convirtió el limitado espacio de la secretaría. No hubo ritual de concurrencia al diálogo que acertara a deponer su tarea ya emprendida. El corregidor sentenció: “Yo la voy a corregir”, se levantó el pulóver y el cinto habló su certera y memoriosa lengua. La niña corrió, él atrás, nosotras atrás de él, los vecinos atrás de nosotras. Una señora llamó a la policía; apenas unos metros para una espesa distancia hecha de lágrimas y dolor separaban a su hija del castigo que la acechaba.
El corregidor cumplió su trabajo. El montaje de las escenas fue de una calidad perceptiva impecable: todas vibramos de temor. El ejercicio de su corrección calculó dos destinatarias. Una, su propia hija. Otra, todas las mujeres presentes. Lo demás, ya sabemos. El miedo se disemina como un virus. El corregidor lo sabe. Vino a enmendar el error. A rectificar el orden del género. A señalar quién manda en el mundo, porque su única ley es la satisfacción del deber cumplido. Pero, señor corregidor, por suerte, por voluntad y placer de muchxs, el error es nuestra enseñanza.


jueves 5 de noviembre del 2009 - neuquèn

lunes 2 de noviembre de 2009

La pràctica como zona de pasaje

La práctica es una zona de pasaje entre nuestra y mía. La primera, una evocación colectiva, de identidad social, que se mueve en la resbaladiza pendiente entre ser funcionaria de un estado criminal asumiendo sus tareas de normalizar a los sujetos, y la posibilidad de ser una agente indisciplinada al saber hegemónico que construye repertorios de acción y pensamiento emancipadores.
Nuestra práctica deviene entonces mi práctica, con tonalidad propia, que se singulariza en cada gesto particular que recorre los modos de hacer, de configurar situaciones para que advengan educativas. ¿Y qué es el advenimiento de lo educativo? No es la luz divina de la ciencia, ni la iluminación prodigiosa de la sabiduría, es la activación de una línea de deseo, de curiosidad, de búsqueda.
Modular la práctica con una melodía impropia de la voz única que homogeneiza y estandariza todo accionar dentro de la escuela, que aplana las múltiples texturas de los cuerpos, que unifica las palabras para conducirlas a un orden monopólico del discurso, es una tarea de inventiva y de creatividad. Esa condición heurística de toda práctica social que vitaliza los amodorrados sentidos institucionales, no para certificarlos, sino para ponerlos a circular desde lugares insospechados.
La invención no está en un manual ni en un libro de didáctica, no es una fórmula ni un diagnóstico, no se adquiere en un curso de capacitación; es un hábito, el más inasible, de ese que nunca la escuela procura fijar, preocupada más por los hábitos de la obediencia, la disciplina y el respeto, una retórica unidireccional que se asemeja más al reforzamiento de las jerarquías que a una condición para pactar la convivencia bajo un código construido en un aquí y ahora.
La inventiva en/de la práctica es la insignia de una lógica deseante, de esa pasión escurridiza y potente que nos moviliza a preguntarnos, a dudar, a hacer de la incerteza -y no de la respuesta concluyente y universal- el combustible de un modo de operar que no teme al devenir. No se pide permiso para inventar, ni es preciso su legitimación por expertos, porque es una disposición subjetiva, intelectual y emocional construida ante condiciones desfavorables. Y se convierte en un ardid para combatir la servidumbre intelectual en la que nos coloca el sistema de saberes disciplinarios a las maestras.
Muchos discursos que sostenían la escuela del Estado-nación han perdido sentido, es inútil su repetición porque no existe suelo donde puedan anclar: estudiar para ser ciudadano, estudiar para conseguir un trabajo digno… Estos sentidos fundacionales han caído porque el contexto socio-político se ha transformado. Trabajamos en, sobre y con los restos de prácticas, discursos e instituciones que alguna vez otorgaron sentido al mundo. Hoy es otro mundo y necesita otras coordenadas de lectura. Nuestra/mi práctica, se aventura, cada día, en cada situación, en cada movimiento, en cada omisión, en hacer de esos restos un impedimento más, un motivo de nostalgia autocomplaciente, un fetiche de la queja o, por el contrario, lo considera como punto de partida, la condición de posibilidad para que advenga lo educativo, para diseñar otro modo de ser maestra.
Entonces, compañeras/os, la práctica es una zona de pasaje entre, por un lado, la imposibilidad, el desgano, la indiferencia, la victimización, y por otro, el agenciamiento de las potencialidades que emergen en los saberes de la grupalidad y en una sensibilidad que se deja afectar no sólo por el dolor sino también por el placer de las/os demás y de sí misma. Esta zona de pasaje necesita de una novedosa economía de las palabras para configurarse, para nombrar lo que acontece con nuevos montajes de sentido. Tal vez sea hora de comenzar a contrabandear prácticas y conceptos de otros campos, otras disciplinas, otras artes, otras geografías corporales, otros modos existenciales, otros registros sociales, otras formas de ejercicio político.
Y todo, compañeras/os, todo esto, por el mismo sueldo. Esa es nuestra tarea política.


Texto presentado en el taller “La práctica docente en el aula”, que coordinamos juntas con Alicia Lubrina (Supervisora de nivel primario) durante el encuentro “Entre maestras/os. Primer Encuentro del Nivel Primario para pensar la escuela y la enseñanza” - 23 y 24 de octubre del 2009– IFD Nº 12 y Aten capital - Neuquén

sábado 24 de octubre de 2009

Hambre

Espero el colectivo con la voz de Sandra Rodríguez resonando, trémula, entre los edificios. El eco de un nombre gritado a una sociedad que mira con desdén y guiño culpabilizador, me atraviesa certeramente la nuca y fuerza una ruda aspereza en la garganta. El clamor de ¡Carlos Fuentealba Presente! sacude las hojas reverdecientes de los árboles de un mediodía primaveral, mientras subo los escalones del micro. Masco con desgano un chicle para entretener el estómago, que ya exige atención. Ubico mi chonguez cerca de la puerta trasera cuando el reojo de una señora me inspecciona sin disimulo. ¿Varón o mujer? Qué cruento es el apetito de la taxonomía. El colectivo arranca, hace su recorrido habitual. En una parada suben dos chicas, llevan pulseras de plástico y su mp3 a la vista. Observo por la ventanilla un afiche raído sobre el golpe de Estado en Honduras, pero siento que su risita ensalivada me envuelve en un signo de interrogación. Ya sentadas, me brindan una última ojeada procaz. Mi estómago anuncia su ácida impaciencia. Me agita la urgencia por verla. Me estremezco en el asiento y una mueca que naufraga antes de llegar a anunciar una sonrisa se me escapa de la boca. Nueva parada. Asciende ella. No la esperada, no la de mis fantasías púbicas. Sino ella, la que suscita esta vez mi mirada, no lasciva, sino la de estupefacta satisfacción. Su cuerpo se define por la abundancia de carnes, con el pelo recogido en unos cuántos y trabajosos años. Una mochila y un bolso arrugan su deslucida remera roja. Con una mano sostiene la tarjeta magnética sobre la máquina lectora y con la otra, aprisiona un gran sándwich de milanesa. La acompaña una señora canosa que, con varias bolsitas en su brazo, ocupa el asiento pegado a la ventanilla. Se vislumbra entre el nylon blanco, otro sándwich de milanesa. La primera, con un equilibrio envidiable, se sienta con el desparpajo del cansancio. Sin sacarse la mochila, sin pudor, vergüenza ni culpa alguna, el primer mordiscón no se hace esperar. Yo, alucino. Observo la lechuga escabullirse del pan y las migas caer sobre su pantalón azul. Grasa, esgrimirían las paquetas señoras defensoras del campo. Ella, ni decoro ni “buenas costumbres”, esas que invoca la derecha en la mesa ostentosa de mantel bordado con sangre grasa. Ella, sólo hambre. El hábito alimentario signa el estándar de clase, y también de género. La advertencia nutricional, la grasa engorda, se transmuta en identidad social, la gorda grasa. La viejita de al lado, provista sólo de unas filosas encías, no encuentra impedimento para devorar el preciado sándwich. El sol ilumina los dedos aceitosos de la saciedad. Mi estómago replica mi inacción. La ansiedad del encuentro se apodera de mi pie en obsesivo repiqueteo. La velocidad de deglución es tan exacta como para limpiarse las manos sobre sus muslos y tocar el timbre justo a tiempo. Nos vemos después, le dice a la viejita que saborea, radiante, el último pedacito de pan. Abandona el colectivo, con sus dos bolsos, sin pudor, vergüenza ni culpa alguna. Esa mezcla inflamable cría la fuerza que te envaina para dar en la calle ese beso tan deseado, tan prohibido, tan antiguo, tan gozoso. Hay hambre en la ciudad. Y hay gente como ella, como otras ellas, difuminadas en un nosotras, dispuesto a saciarlo. Sin pudor, vergüenza ni culpa alguna.

setiembre del 2009.-

domingo 18 de octubre de 2009

La curvatura de la vida (VIII)

Todo comenzó en una plaza. Estaba sentada en un banco leyendo "La fiesta de las linternas", con cierto agobio por ese calor que se te pega en la piel, viscoso y hollinado. Debajo de un árbol el aire se volvía verde musgo, mientras las palomas sedientas buscaban algún charquito en el que refrescar su arrullo y sus patas cortas. El cuerpo robusto de una de ellas con su plumaje gris azulado, liso y brillante, se posó en el banco, dio unos pasitos hacia mí distrayéndome de la lectura, y detuvo sus ojos redondos en los míos. Quién sabe de qué me hablaba, inclinó su cabecita y su mirada transparentó cierta nostalgia. Levantó sus alas y se elevó, perdiéndose entre las de su grupo que se disputaban unas migas que una vieja encorvada les tiraba afanosamente.
Quise volver a mi lectura pero mi ojo derecho percibió una sombra que se sentó a mi lado. Miré de reojo. Algo poderoso emanaba de allí. Como si una brusca mano invisible se hubiera aferrado a la cara, volteé para ver claramente. Mi timidez fue tal que bajé la vista. Ella me estaba observando. Apenas llegué a componer un cuerpo esbelto, pelo corto y negro, una remera ajustada y un jean al que le sobraban unos talles. De su voz surgió esa mano que levantó delicadamente mi barbilla. Su tono era grave y firme. Me dijo, tan segura de sí: "las palomas conocen el desprecio". Mi entrecejo reseño mi propensión a la incredulidad. Nos mezclamos en una conversación tan bizarra como excitante. El sudor nervioso ya hacía estragos en mis axilas, que llovían gotitas de un deseo que se desplomaban en el banco. Observé sin disimulo su peculiar tatuaje que se dejaba entrever en su bíceps y me atrapó en plena tarea. Nuestras miradas expoliaban cualquier intrusión externa. Ahí comenzó el dragado de mi vida.
La temperatura nocturna siempre escaldó los cuerpos hasta que los tatuajes se hicieron plenamente visibles y lo improbable arrasó con lo razonable. El calendario lunar se desmoronaba en las sábanas que acopiaban las manchas de eros. Nuestras andanzas chirriaban una voracidad vertiginosa. Ingerí su vida de activista, era una apasionada literata de las rarezas sexuales y sus acciones políticas. Empecé a participar en manifestaciones, reuniones y concentraciones para acompañarla y porque simpatizaba con ese clímax agitativo. La lectura en las plazas era un póstumo ritual que se evanesció sin remordimiento alguno.
Hasta que no se sabe cómo, pero sucede. Los días se fueron copiando a sí mismos y el sabor caótico del gravitar incesante de la sangre fue abandonando los besos hasta volverlos desabridos. Todo se entibió. Las mejillas se endurecieron para marcar el ángulo del deterioro. El frío sensibilizaba las encías y ya no había palabra para abrigar la hipotermia de los cuerpos clausurados. Entonces, tomé la iniciativa. Mi temperamento cósmico de uraniana con férrea influencia del planeta más distante me favorecía. Esta vez me senté yo en su banco. Las únicas frases que se abalanzaron a ocupar el silencio expectante parecían el zureo monótono de una paloma enajenada. No hubo escándalo ni lágrimas. Nos despedimos echando, las dos al mismo tiempo, unos puñaditos de tierra sobre la infalibilidad del amor.
No nos volvimos a cruzar más que en alguna movilización. Me volví rumiante de otras historias conspicuas y me automediqué con mis lecturas bajo los árboles, un ejercicio vulnerario que aplacó a los roedores de ese bienestar pretérito. Aunque hoy, enredada en el olor fragante de este follaje amarillento, añoro ese tiempo azuzado, esos instantes de viva inquietud, esos que te curvan la vida, esos que te vuelven una torta dark.

la torta dark - final

lunes 5 de octubre de 2009

Borrador para una pedagogía vampira

Entre contaminaciones sexuales y mordeduras textuales

Este trabajo surge de mordeduras y contaminaciones múltiples: de fluídos placenteros, del tacto secreto, de lecturas eclécticas, de obscenidades imaginadas, de imágenes pornográficas, de prácticas sexuales no reproductivas, de amores múltiples, de experiencias políticas como tortillera, de la memoria de la injuria, de sufrimientos propios y ajenos, de la sangre derramada, de las violencias indecibles, de derrames eróticos, de afectos deshechos, de momentos vulnerables. Reúne las preocupaciones emergentes de mi práctica pedagógica en una escuela pública como maestra lesbiana en contextos de pobreza, y los planteamientos surgidos de las teorías feministas y queer y sus implicancias en la pedagogía.
Como trabajadora cultural y política precarizada con una identidad sexual disidente y una expresión de género inadecuada para los parámetros femeninos vigentes, que está en permanente disputa por los sentidos de lo educativo, de lo que significa hacer escuela en el siglo XXI, en tensión con las políticas y estéticas de normalización sexo-genèrica y constreñida por los modos en que las docentes se hacen inteligibles, intento ejercitarme en la experimentación de un pensamiento que articule: por un lado, la posibilidad de ensayar una pedagogía queer que no se ocupe de definir identidades ni representarlas como un objetivo en sí mismo, sino que se resista a las prácticas normales y a las prácticas de la normalidad, reflexionando y alterando los códigos de los procesos de normalización no sólo sexo-génerica, sino también racial, corporal, nacional, etc. Y por otro, las condiciones de la escuela contemporánea, las cuales pueden ser definidas como de desfondamiento de su sentido histórico o de pérdida de su poder fundante de la subjetividad en tanto institución estatal [1] así como de destitución de la institución escolar, y en general, de un modo de vivir, producir y pensar la experiencia escolar.

“Articular es significar. Es unir cosas, cosas espeluznantes, cosas arriesgadas, cosas contingentes. Quiero vivir en un mundo articulado. Articulamos, luego existimos”, nos dice Haraway (1999). En este sentido, es que promuevo la introducción de la figura del vampiro y su práctica de morder, chupar y contagiar como modo de articulación del pensamiento en torno a las sexualidades, los géneros, los deseos y los cuerpos en el campo educativo.
Si el trabajo docente es una tarea apasionada de construcción de trayectos vitales y mapas provisionales del mundo, de esas pasiones no se sale indemne, llevo mis propias cicatrices del sistema escolar. Provengo, tanto como lesbiana así como disidente cultural, de historias de silenciamientos y de sanciones (asientos en el cuaderno de actuación, rechazos de aportes a mi legajo docente, etc.), algunas más formales e institucionales y otras más sutiles. En términos de identidades, me suelo encontrar en una paradoja incesante en cuanto al colectivo docente, un dilema que me somete a importantes contradicciones. Vivo la cotidianeidad escolar y corporal en un doble proceso. Por un lado, de identificación: en términos de clase, de trabajadora, de reclamos por las condiciones de trabajo y condiciones laborales; por otro, de extrañamiento y des-identificación: de las mandatos disciplinadores, de los modelos de comportamiento asexuado, heterosexualizantes y moralizantes, de la lógica jerárquica y de obediencia institucional.

Estimulada por la arriesgada y heteroglósica escritura de Haraway, para quien la figura no inocente del vampiro es “la que contamina linajes en la noche de bodas; la que afecta las transformaciones de categorías a través de pasajes ilegítimos de sustancias; la que bebe y hace infusiones de sangre en un acto paradigmático que consiste en infectar todo lo que se presenta como puro; la que evita el oficio del sol, haciendo su trabajo por la noche; la que es animada, no natural, y perversamente incorruptible” (2004;246), la propuesta consiste en promover, a partir de esta figura ficcional, un desplazamiento capaz de problematizar ciertas certezas que rápidamente sedimentan como inalterables, específicamente, en el campo de la educación sexual. Se persigue hacer colapsar los presupuestos de aquellos modelos de educación sexual que insisten en constreñir los modos de intervención pedagógica bajo el paradigma de cierta inmunidad, que continúa estabilizando y fijando identidades, porque siguen operando con distinciones como dentro/fuera que provocan nuevas formas de nosotros/ellos.
Si las figuraciones son imágenes performativas que pueden ser habitadas tanto como son mapas condensados de mundos discutibles, la figura del vampiro con sus cualidades de nocturnidad, contagio, mutación, errancia, indeterminación, piel, puede decirnos algo más acerca de los modos en que podemos imaginar nuestros cuerpos y deseos en el aula.

Toda figura diseña universos de conocimiento, práctica y poder, entonces, ¿qué puede significar pensar prácticas vampiras como morder y chupar, que involucran directamente los cuerpos y fluídos, en el ambiente pretendidamente aséptico de la escuela? ¿Qué riesgos implica usar una figura polémica como el vampiro que fue estigma de las sexualidades no heteronormativas y lugar de emplazamiento de un deseo sexual incontrolable para pensar una pedagogía que visibilice las exclusiones de los cuerpos y deseos no hegemónicos? ¿No podría pensarse como la inversión de la injuria a la manera en que lesbianas, gays, travestis y trans nos reapropiamos del insulto para relanzarlo con nuevas significaciones? ¿Acaso sus prácticas de contagio no se resisten a las oposiciones binarias que construyen la economía de los estereotipos?
Siguiendo la inquietud de la investigadora Debora Britzman, para quien “cualquier docente debe considerar la dinámica de la sexualidad como algo central en la capacidad humana para la curiosidad, para vivir una vida social e intelectual, y para nuestra capacidad por ilusionarnos apasionadamente por el conocimiento, con otras personas, con proyectos vitales” (2005; 55), la pedagogía vampira parte de entender la sexualidad como un proyecto para toda la vida o lo que Michel Foucault (1988) denominó “cuidado del yo”.
Por eso, asuntos de sexualidades y géneros no pueden terminar reducidos a la incorporación de ciertos contenidos al currículum, que quedan atrapados en una lógica ”desencarnada”, escolarizada del conocimiento, como una nueva cápsula a consumir. Así, se hace prioritario activar líneas de pensamiento desde pedagogías feministas, queer, de la interculturalidad, que cuestionen las retóricas de la tolerancia y de la diversidad que aceleradamente impregnan las prácticas educativas y tienden a la despolitización de las diferencias.

Aquí quisiera resaltar tres aspectos a considerar al momento de pensar una pedagogía vampira:

1- la centralidad de las prácticas

Siguiendo a Foucault, “son las prácticas entendidas como modos de actuar y a la vez de pensar las que dan la clave de inteligibilidad para la constitución correlativa del sujeto…” (2008; 32). De este modo, y en concordancia con el planteo de Butler acerca del género como ficción performativa, los modos de hacer más o menos regulados, más o menos reflexionados son fundamentales al momento de una propuesta pedagógica porque es a través de esos modos en que nos convertimos en sujetos inteligibles o no para la cultura. A su vez, Britzman afirma que “nuestra conducta sexual es una práctica y no una ventana a través de la cual estaríamos limitadas a descubrir nuestra verdadera y racional identidad”, cuestionando así la perspectiva normativa sobre la sexualidad que intenta fijar ciertas identidades sexuales a través del saber. Entonces, las prácticas [2] como acciones, ejercicios, actividades que se hacen revisten una singular relevancia en la construcción de la corporalidad, de la identidad genérica y sexual así como de las situaciones pedagógicas.

2- la importancia de las narrativas en primera persona

Las narrativas del yo pueden ser una estrategia política/textual para dar voz a las/os propias/os docentes –siempre presas/os del discurso “experto”-, como participantes de la realidad educativa; voces que ponen de manifiesto un relato de la contingencia histórica en la que ejercitamos nuestra tarea. Entendida como práctica crítica, nos posibilita reconocer nuestra propia tecnología semiótica de construcción de significados, sostenida desde una mirada corporizada, desde un cuerpo marcado que pretende dar cuenta de esas marcas, deshacerse de ellas, problematizarlas, desplazarlas, analizando la red de relaciones en las que se significan y los poderes que suscitan. Como bien dicen Suárez, Dávila y De la Fuente acerca de las narrativas de las/os docentes (2007), “el saber experto y burocrático ocluye la posibilidad de llevar a cabo prácticas con carácter transformador, en tanto no reconoce otro modo de nombrar lo que sucede en las escuelas que no sea el propio. Lejos de ello, limita la sensibilidad y la imaginación pedagógicas de los docentes, pretende colonizarlas, reducirlas a las formalizaciones técnicas requeridas por la administración instrumental del aparato escolar”.
Así como en el ámbito social y político las narrativas en primera persona permiten denunciar la condición opresiva de vivir en el silencio y lo inhóspito que resulta el lugar de la abyección, en el ámbito educativo permitiría desprivatizar el saber de la experiencia docente.

3- el estímulo de la creatividad erótica

En los modos de hacer más insospechados y menos previsibles se crean relaciones eróticas que movilizan nuestra capacidad para aprender. Podemos considerar el “erotismo” (Bataille, 1986) como una cierta práctica subjetiva que posibilita el cuestionamiento de las formas de pensamiento tradicionales sobre la sexualidad. Lo erótico es una energía vital, una fuerza que produce imágenes, textos, rituales, lenguajes, vinculando conocimiento y emoción.
Pensar las teorías de la sexualidad como movimiento, como algo dinámico e integral a la forma en que cada una de nosotras deambula por el mundo, a la forma como vemos a los otros y como los otros nos ven (Britzman, 2001) permite entender, entonces, que la curiosidad, el placer y la vulnerabilidad estimulan prácticas de conocimiento que hacen y deshacen posibilidades para crear identidades y prácticas sexuales, configurando una forma erótica de pensar.

Cultura escolar y dispositivo inmunitario

En la cultura escolar los modos autoritarios de interacción social impiden o dificultan la posibilidad de nuevas prácticas y no estimulan el desarrollo de la curiosidad. La escuela tiene pasión por fijar, fijar contenidos, fijar identidades, fijar sentidos, fijar hábitos, y esto constituye un problema en el trabajo con los cuerpos, las sexualidades, los géneros, porque fijar implica detener, evitar el movimiento, paralizar. Estos movimientos rígidos y austeros, esta inmovilidad promulgada en una institución disciplinaria de prácticas cristalizadas y sedimentadas, se fusiona con una política oficial de confinamiento de las prácticas y el pensamiento en las convenciones de la burocracia estatal. Como resultado, los sentidos únicos y unívocos han anudado la práctica docente, volviéndola obediente y hasta, en ocasiones, obsecuente.

“Todo ello hace que las cuestiones de la sexualidad sean relegadas al espacio de las respuestas correctas o equivocadas” (Britzman, 2001). Así, el conocimiento dominante de la sexualidad está preso y constituido por los discursos del pánico moral [3], por la supuesta protección de criaturas inocentes, por los impulsos de la normalización, por los peligros de las representaciones explícitas de la sexualidad, por la pregnancia de los discursos moralizantes, religiosos y neoconservadores, que estrechan las fronteras de la conducta sexual aceptable.
De este modo, cuando la sexualidad se hace presente en la escuela de forma explícita suele hacerlo bajo los criterios del discurso del peligro, como algo incontrolable o amenazante, asociado en la mayoría de los casos a la violencia y el abuso. Es en este sentido que el paradigma inmunitario se instala, casi de forma imperceptible, como referencia en el abordaje de estas temáticas.
Así como el virus infecta los sistemas informáticos, la sexualidad contamina a los transeúntes de la institución escolar, por lo tanto, hay que buscar una forma preventiva para evitar el contagio. Para Haraway, “el sistema inmunitario es un plan para una acción encaminada a la construcción y al mantenimiento de los límites de lo que cuenta como sí mismo y como otro en los ámbitos cruciales de lo normal y lo patológico” (1995; 137). La inmunidad es un proceso que constantemente produce el yo y lo otro (Espósito, 2005; 240), así como otras formas binarias de entender el mundo, que establecen fronteras y límites entre los sujetos, entre prácticas, entre modos de vida, entre cuerpos.
El contagio como infección, corrupción, intrusión, amenaza, perjuicio, rompe cualquier equilibrio y todo lo vuelve impuro o despreciable. Alguien o algo penetra en un cuerpo –individual o colectivo- y lo altera, lo transforma, lo corrompe. Se activa una mecánica disolutiva en la que “lo que antes era sano, seguro, idéntico a sí mismo, ahora está expuesto a una contaminación que lo pone en riesgo de ser devastado” (Espósito, 2005; 10): una adolescente embarazada, un niño afeminado, una maestra lesbiana, una profesora travesti, un joven conviviente con hiv, una adolescente promiscua, un niño con madres lesbianas, etc.

Teoria queer y pedagogía vampira

Este trabajo está orientado por algunas operaciones creadas en la teoría queer [4] como: tomar partido por los objetos menospreciados, establecer relaciones impertinentes, considerar el juego ambivalente en la constitución de la experiencia (Britzman, 2005; 55), entre otras [5], y se propone como un ejercicio de pensar la pedagogía en términos de un compromiso que pueda resistir la curiosidad por nuestra propia otredad, nuestros deseos y negaciones.
En este sentido, Britzman señala que “la teoría queer no es una afirmación sino un compromiso. Sus molestos y descarados principios son explícitamente transgresores, perversos y políticos: transgresores porque ponen en duda las regulaciones y los efectos de los condicionamientos categóricos binarios tales como lo público y lo privado, el interior y el exterior, lo normal y lo raro, y lo cotidiano y lo perturbador; perversos porque rechazan la utilidad a la vez que reclama la desviación como un ámbito de interés, y políticos porque intentan desestabilizar las leyes y prácticas instituidas situando las representaciones subversivas en sus propios términos cotidianos” (2002; 202-203).

Es así que podemos entender la sexualidad como una tecnología de gobierno del cuerpo y, a su vez, también pensar que la sexualidad está estructurada por un modo de pensamiento llamado “curiosidad” que rechaza la certeza. Por eso, Britzman (2001) proyecta un modelo de educación sexual que se vincula a las experiencias de la lectura de libros de ficción y poesía, de ver películas y del involucrarse en discusiones sorprendentes e interesantes, porque son actividades que suponen un desafío a nuestra imaginación. Es aquí donde emerge la figuración vampírica. Porque estas formas de arte (literatura, cine, música, fotografía, etc) están atravesadas por la incerteza, no se preocupan por estabilizar el conocimiento ni las identidades, sino que estimulan la exploración de sus fisuras, sus insuficiencias, sus traiciones, sus ilusiones.
Procedente de la cultura popular, un espacio significativo de sexualidad y de economías del deseo, el vampiro causa tanta ansiedad y miedo como la incerteza. En permanente errancia, su práctica de morder y chupar supone el contagio, la contaminación, una mutación de lo considerado hasta ese momento normal. De su capacidad para hacer contacto y por los modos de afectación en los que se constituye como tal, deviene la potencialidad de esta figura ambigua y perturbadora para pensar la pedagogía, en especial una pedagogía de la sexualidad.
Desde su deambular hambriento, sin territorio propio, como quien se da a la pregunta incesante, los vampiros son vectores de transformación de categorías en un inconsciente racializado, histórico y nacional.

Para Haraway, la figura del vampiro es la “que promete el mestizaje racial y sexual, al mismo tiempo que lo amenaza, el vampiro se alimenta del humano normalizado; el monstruo encuentra nutritiva esta comida contaminada. El vampiro también insiste en la pesadilla de la violencia racial que está detrás de la fantasía de la pureza en los rituales de parentesco. Desde su moderna popularización en las narraciones europeas de finales del siglo dieciocho, los relatos de lo animado, profundamente configurados por ideologías sanguinarias -en particular el racismo, el sexismo y la homofobia-, exceden, a la vez que invierten, cada uno de esos sistemas de discriminación, para mostrar la violencia que infecta la vida y la naturaleza supuestamente íntegras y la reanimadora promesa de lo que se supone como decadente y antinatural. Justo en el momento en que una se sienta segura al condenar las dentudas violaciones del monstruo a la integridad del cuerpo y la comunidad, la historia la fuerza a recordar que el vampiro es la figura del judío acusado del crimen sanguinario de contaminar las fuentes del germen plasma europeo, trayendo la epidemia del cuerpo y la decadencia nacional; o de que es la figura de la prostituta morbosa, o de quien pervierte el género, o de los extranjeros y viajeros de todo tipo que arrojan dudas sobre las certezas de los auto-idénticos y bien-enraizados con derechos naturales y hogares estables. Los vampiros son las personas inmigrantes, las desubicadas, acusadas de chupar la sangre de los auténticos poseedores de la tierra, y de violar a la virgen que debe encarnar la pureza de raza y cultura. Por tanto, en una orgía de solidaridad con todas las oprimidas, una se identifica firmemente con quienes están fuera de la ley, que han sido vampiros en las ardientes imaginaciones de destacados miembros de las comunidades íntegras, naturales, verdaderamente humanas y orgánicas. Pero entonces, una se ve forzada a recordar que el vampiro es también la figura saqueadora del capital criado de manera no natural, que penetra en cada ser íntegro, chupándole hasta dejarle seco, en la lozana producción y la acumulación tan desigual de la riqueza” (2004; 246-247).

Con la mordedura del vampiro, el propio sentido de lo idéntico se deshace. Toda estabilidad y centralidad se vuelven vulnerables con las prácticas de estas criaturas, que fueron humanos mortales, pero cuya existencia transcurre en un estado no exactamente vivo pero tampoco muerto. En este sentido, “el vampiro es trans”[6]. (Preciado) y nos obliga a reinventar las propias preguntas y a desistir de todo procedimiento pensado a priori que nos devuelve la ilusión del descanso en la planificación, como distancia y seguridad frente a la contingencia.
La práctica de mutación es rectora de la pedagogía vampira, que insiste en una pedagogía de la sexualidad o modelo de educación sexual como “tecnología del yo”. Lo que Foucault denominó como tecnologías que “permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia o con ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta, o cualquier forma de ser, obteniendo así una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad…” (2008; 48), o, podríamos decir, de cuidado de sí. No se trata de descubrir en sí la verdad de su sexo, sino de usar la sexualidad para acceder a una multiplicidad de relaciones y posibilidades, de inventarse un modo de ser aún improbable.
La pedagogía vampira se traduce como un impulso de reapropiación de un saber de la anomalía [7], para denunciar la violencia que soporta la institución de todo estatuto de lo normal. “Es necesario morder o ser mordido para saber. Ser testigo de su propia mutación. Tomar el riesgo de la alquimia”, dice Preciado.

Frente a los crucifijos de sesgo fundamentalista que se levantaron y se siguen alzando para oponerse a la educación sexual así como a otras manifestaciones de la disidencia sexual y genérica, qué más profano que la amenaza vampírica ocupando las instituciones del saber-poder.
En esta invención que he denominado pedagogía vampira, hay dos prácticas que me sugieren afinidades con la posibilidad de comprender la sexualidad como movimiento y, a su vez, con la urgencia de pensar las formas de la escuela contemporánea, que son: la errancia y la actividad configurante. Para ello, voy a seguir las líneas de trabajo planteadas por Silvia Duschatzky [8] así como por el Colectivo Situaciones [9].

1- la práctica de la errancia

“Errar es un sumergimiento en los olores y los sabores, en las sensaciones de la ciudad. El cuerpo que yerra "conoce" en/con su desplazamiento. Conoce con el cuerpo, diríamos a la manera de Castañeda. Ese "conocimiento" […] pasa por lo sensible. Una "cartografía sentimental' (Suely Rolnik). Ella involucra al cuerpo "invisible", "vibrátil", entrando en conexión casi mediúmnica con las vibraciones de lo urbano […]. Pensar (o tal vez delirar) la ciudad no podrá limitarse a las construcciones físicas que conforman su espacio, ni a una sociología convencional de sus poblaciones; habrá necesariamente que disponerse a captar las tramas sensibles que la urden y escanden, las "condensaciones instantáneas" que entretejen el (corto) circuito emocional. Los climas, las atmósferas, los afectos, los sentimientos” (1997; 144). De este modo, Perlongher nos señala que errar es una forma de conocer, que implica un uso del cuerpo en la percepción del mundo y en la forma de estar en él.
A su vez, Silvia Duschatzky elabora el concepto de errancia al referirse a maestras/os de escuela que han desencadenado un proceso de liberación respecto de un sinnúmero de restricciones sobre los modos y alcances de su labor, constatando el desfondamiento de toneladas de saberes vencidos. Al respecto afirma, que “en tanto hipótesis, la errancia procura ayudarnos a transitar la vida en y más allá de las escuelas. Crea ficción, abre posibilidades sociales, da inicio –y luego se deja arrastrar- a situaciones inverosímiles. La errancia es también el movimiento de quien se anticipa a los saberes de los que aún no se dispone, sin más orientación que la que entregan los signos emitidos por la situación, interrogados a la luz de la decisión (tomada cada vez) de convertir cada dilema que se presenta en ocasión de aprendizaje” (2007; 17).
Se trata de un protagonismo fundado en las distancias cortas, el estar presente, el gesto a la mano, la habilidad para habitar un tiempo discontinuo, para recrear la confianza y la proximidad una y otra vez, sin exceso de protocolo [10].
Como práctica de movilidad, la errancia implica un estar al acecho –como el vampiro- y un perseguirse a uno mismo en las propias comodidades mentales.
A diferencia del nomadismo que opera como práctica de alteración y de ruptura frente al sedentarismo de la norma de las sociedades disciplinarias, la errancia enfrenta problemáticas muy distintas. En lugar de un mundo saturado de ordenamientos, la errancia tiene que vérselas con intemperies, con los desiertos que la operatoria del mercado deja tras su paso, con condiciones de dispersión que operan como amenaza de desconfiguración (Ingrassia, 2006).
La potencia específica de la errancia radica en su capacidad de generar encuentros que devengan ocasión para la composición social frente a la deriva aleatoria de la dispersión.

2- la actividad configurante

La apertura a distintos flujos de intensidades, de afectos y percepciones en la intemperie es la que permite imaginar, junto a otras/os, composiciones. La actividad configurante, como práctica de producción de subjetividad, implica imaginar un lazo, conectar elementos previamente dispersos. Componer es un trabajo de experimentación, en el que se trata de imaginar lo que se podría hacer con lo que hay. Podríamos decir que la práctica configurante es la que apuesta a la producción de situaciones pedagógicas en tiempos y lugares imprevisibles, para construir otras formas de vida capaces de habitar la intemperie. Y es en el marco de esa apuesta que se despliega la dimensión artesanal de la actividad configurante: se trata de composiciones singulares, producidas una a una, experiencias sin modelo que requieren que las operaciones de composición se reinventen cada vez. Por eso, quien se ejercita en esta práctica sale a recorrer la intemperie para ver qué puede armar, sale al encuentro de ocasiones de composición, de chances de instituir experiencia común, así como el vampiro sale a merodear en busca de su nutritiva pasión.
En el mismo proceso en que el o la educadora intenta acompañar a quienes deseen vivir de otro modo, también se inventa otra vida de educador/a [11].

Morder como práctica del devenir

La propia cualidad de borrador de este trabajo anuncia hasta qué punto la vida misma -así como la sexualidad- no pasa de ser un borroneo obsesivo, un manojo de intentos, reintegrando de esta manera la práctica de pensar al movimiento vital en la que encuentra su sentido.
Una gramática de la disidencia sexo-política en la educación no puede escribirse con las mismas reglas que soportan la heteronormatividad, sino a través de ellas, dentro de ellas, contra ellas, más allá de ellas, estando atentas a las formas en que las prácticas pedagógicas inscriben los códigos de la normalización en los cuerpos.
La pedagogía vampira supone invertir nuestra energía emocional y política en implicarse en un proceso de construcción de dispositivos de autoalteración de la vida en los que podamos decidir/planear/fantasear cómo queremos vivir nuestros cuerpos, nuestras sexualidades, nuestros géneros.
Si “el género funciona como un programa operativo a través del cual se producen percepciones sensoriales que toman la forma de afectos, deseos, acciones, creencias, identidades” (Preciado, 2008; 89), de alguna forma, la pedagogía vampira pretende oponerse/resistirse/desplazarse del conjunto de tecnologías de domesticación del cuerpo que producen la ficción somaticopolítica de ser hombre o mujer.
En este sentido, la pedagogía vampira no parte de una definición de identidad -aunque haya que insistir en afirmarlas en situaciones que implican vulnerabilidad política- porque de lo que se trata no es de decir “tenemos derecho a esto porque somos aquello”, sino “tenemos derecho a esto para devenir otra cosa” (Lazzarato, 2006; 189).


Notas:
[1] Ver Cristina Corea e Ignacio Lewkowicz “Pedagogía del aburrido” (Paidós, 2004) y Silvia Duschatzky “Maestros errantes. Experimentaciones sociales en la intemperie” (Paidós, 2007)
[2] Cabe mencionar que no estoy oponiendo teoría a práctica, porque como dice Haraway “la teoría es corporal, no es algo distante del cuerpo vivido; sino al contrario. La teoría es cualquier cosa menos desencarnada” (1999)
[3] En este sentido, el comportamiento homosexual ha sido un elemento significativo para que el pánico moral se exprese, que canaliza y da forma a temores o ansiedades sociales y que hace uso de aspectos de la sexualidad (homosexualidad, prostitución, enfermedades de transmisión sexual) o de formas de la adicción (drogadicción, alcoholismo) para lograr ciertos efectos políticos. Por ello, el estilo de los discursos, en su carácter de ejemplificadores, se despliega señalando figuras, casos, comportamientos tipificados, para marcarlos como estigmatizados, con el fin de reordenar y reorganizar lo social de acuerdo a los cánones tradicionales dominantes.
[4] “Por definición queer es todo aquello que se opone a lo normal, lo legítimo, lo dominante. No hay nada en particular a lo que se refiera necesariamente. Es una identidad sin esencia... En cualquier caso, queer no designa una clase de patologías o perversiones ya objetivadas, sino que describe un horizonte de posibilidad cuyo alcance preciso y su heterogeneidad no pueden delimitarse de antemano. Desde la posición excéntrica ocupada por el sujeto queer se puede llegar a englobar una variedad de posibilidades con vistas a una reorganización de las relaciones entre actos sexuales, identidades eróticas, construcciones de género, formas de conocimiento, regímenes de enunciación, lógicas de representación, modelos de constitución de sí y prácticas comunitarias, es decir, con vistas a una reconstrucción de las relaciones entre poder, verdad y deseo” (David Halperin, en San Foucault. Para una hagiografía gay, El Cuenco de Plata, 2004).
[5] Afirma Britzman: “Me ha sido muy útil leer acerca de la teoría queer no como un conjunto de contenidos que haya que aplicar, sino como un conjunto de reglas y dinámicas metodológicas útiles para leer, pensar e implicarse en lo físico y lo social de la vida diaria. En la antología de Sue Golding (1997), los autores ofrecen ocho tecnologías de la otredad o las estrategias cotidianas utilizadas para crear relaciones y singularidades: curiosidad, ruido, crueldad, apetito, piel, nomadismo, contaminación y vivienda”. (2005; 55). Las otras reglas que menciona son: prestar atención a las condiciones que permiten que la normalidad ejerza control, comenzar en las líneas erróneas de las ideas para encontrar dónde rompe el sentido, se desafía a su objeto e inconscientemente invierte sus intenciones, y suponer el juego de la diferencia, la división y la alteridad de las prácticas de lectura.
[6] Al emplazar al sujeto del saber situado en el vampiro, Preciado nos dice que “El saber_vampiro es una tecnología de traducción entre y a través de una multiplicidad de lenguas que se levantan contra la sobre-codificación de todas las lenguas en un lenguaje único”. (Saberes_vampiros@War)
[7] La condición de impureza disciplinaria que se desprende de la práctica vampira es un modo herético de pensar las relaciones entre las sexualidades los géneros, los deseos, los cuerpos y las pedagogías. A pesar de la pretensión de monolingüismo del saber dominante, no hay lenguaje que no sea producto de la traducción, de la contaminación, del tráfico. Al respecto, Preciado y Boucier afirman: “…si hay contrabando es no sólo porque hay límites, estigmatización y prohibición, sino (y sobre todo) porque hay complicidad, transferencia, dependencia mutua […] Las disciplinas son performativas en la medida en que construyen el objeto que pretenden describir. De hecho, sería posible, aunque sobrepasa los límites de este artículo, analizar las disciplinas académicas como estructuras de identidad y por tanto sometidas a las mismas lógicas de la hegemonía, la normalización y la naturalización. Se trataría no tanto de abogar por una pluridisciplinariedad enciclopédica sino de provocar una total promiscuidad entre disciplinas que evite la construcción sistémica de silencios” (2001; 33)
[8] “Maestros errantes. Experimentaciones sociales en la intemperie” (Paidós, 2007)
[9] “Un elefante en la escuela. Pibes y maestros del conurbano”, por Taller de los sábados (Tinta Limón, 2008)
[10] También Duschatzky nos advierte que “el errante es una figura aún impensada en su productividad social, cargada de una invalorable información afectiva”. Al respecto señala: “Aun cuando en su entorno se gestan modos sociales inéditos, el maestro errante -paradójicamente- experimenta un tipo peculiar de soledad: aún no se instituyen los conceptos, los recursos y los escenarios para un pleno reconocimiento de estas prácticas. Esta impensabilidad de la errancia es doblemente limitativa. Desconocida en sus dimensiones socialmente productivas, se ve reducida con frecuencia a un activismo aislado y, por lo mismo, desgastante. Menospreciada en sus posibilidades configurantes, sus procedimientos y saberes permanecen sumergidos, privados de toda elaboración pública”.
[11] Aquí podemos destacar cierta similitud entre el planteo de una práctica pedagógica configurante y la práctica del activismo político propuesta por Lazzarato en la que “el militante no es el que detenta la inteligencia del movimiento, que condensa sus fuerzas, que anticipa sus elecciones, que extrae legitimidad de su capacidad para leer e interpretar las evoluciones del poder, sino que es, de manera más simple, el que introduce una discontinuidad en lo que existe. El militante hace bifurcar los flujos de las palabras, de los deseos y de las imágenes para ponerlos al servicio de la potencia de agenciamiento de la multiplicidad; reúne situaciones singulares sin ubicarlas en un punto de vista superior y totalizante. Es un experimentador”. (2006; 205)

Bibliografía:
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Trabajo presentado en el “III Coloquio Interdisciplinario Internacional. Educación, sexualidades y relaciones de género. Investigaciones y experiencias. Discursos sobre la educación sexual: contrapuntos, tensiones y desafíos”. Universidad Nacional del Comahue, Cipolletti - Mayo del 2009.